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Detectan en Uruguay garrapatas con mutaciones de resistencia a varios antiparasitarios

Esta historia, como tantas otras en América, empieza con los conquistadores. Cuando Cristóbal Colón llegó por error a nuestro continente en 1492, no existían animales domésticos como vacas, cerdos o gallinas. Estaba sí el infaltable perro, que había cruzado junto a los primeros humanos por lo menos quince mil años atrás, ya domesticado, y las llamas y alpacas en los Andes.

Pocas décadas después de la llegada de Colón comenzaron a introducirse los primeros bovinos a tierra firme en América del Sur, donde se expandieron con rapidez en un campo que les resultó propicio. No llegaron solos, sin embargo. Las vacas llevaban algunos pasajeros que al comienzo resultaron inadvertidos, pero que prosperaron a la par de sus huéspedes en ese nuevo y fértil terreno.

Abundan las historias de parásitos y virus traídos por los conquistadores a estas tierras. Algunos, de hecho, jugaron su parte en la conquista española, diezmando a las poblaciones indígenas. El protagonista de esta historia, sin embargo, no daña directamente al ser humano pero le sigue dando hoy muchos dolores de cabeza, aunque no literalmente. Es la garrapata Rhipicephalus microplus, un ectoparásito hematófago (comedor de sangre) que se ceba en las vacas y que es el agente principal de un mal muy temido por los productores: la tristeza parasitaria bovina.

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